jueves, 5 de noviembre de 2009

Textos recordados. "Oda a la lectura" por Michel Onfray


ODA A LA LECTURA
Cuando yo era niño, en mi pueblo natal decían que una vieja que vivía sola en una enorme y extraña casa, era una bruja. Aquelarres y escobas montadas, furias desencadenadas en noches de luna llena y alambiques en el sótano: todo eso imaginaba yo sobre esa pobre viuda, porque así eran los rumores que corrían en el pueblo. Encogida, marchita y gris, solía aparecer subrepticiamente detrás de su ventana, oculta tras la tela de una cortina amarillenta por el sol.
  Más tarde, cuando indagué las razones de su mala reputación, me dijeron que la habían visto encaramada a la lápida de la tumba de su marido, de noche, en el cementerio del lugar. Y que además, como circunstancia agravante, había colocado en el ataúd de su difunto marido, antes de la gran partida, tres o cuatro libros para que la lectura le hiciera más llevadero el camino hacia el más allá.
  Desde entonces, me gusta recordar a esa mujer, quizá bruja, pero tan delicada y considerada con su compañero de infortunio. No sé si, entre los tablones de su última morada, alguien se habrá tomado el trabajo de dejarle algo para leer. Pero por una vez me gustaría que existiera una vida eterna para que en esta hora, en algún lugar, ella pudiera estar hojeando un antiguo volumen capaz de llevarla a comarcas menos siniestras que el paraíso o menos dudosas que el infierno.
  Años después, mientras leía Mis pensamientos de Montesquieu, recordé a mi simpática bruja cuando encontré aquella hermosa afirmación del filosofo bordelés, según la cual nunca tuvo una pena que una hora de lectura no le hubiera quitado. ¿Qué conclusión sacar de esta frase? ¿Que nunca conoció un auténtico dolor, o que, realmente, la lectura tenía ese poder mágico?
  Todos tenemos penas del corazón y dolores del alma, golpes profundos o heridas abiertas. Los duelos se suman a los estragos de la entropía, y todos sabemos que tenemos el tiempo contado. Y la lectura es el único bálsamo que le ofrece a quien la practica una oportunidad de cambiar de tiempo y de espacio, de ir a otros lugares y vivir en otras épocas.
Ser contemporáneo de Ulises y los mares cerúleos, caminar con Beatriz cerca de los infiernos, acompañar a un hidalgo en sus combates contra los molinos de viento, atravesar Megara por los jardines de Amilcar, asistir a Des Esseintes en su morbidezza, a Bardamu y Roquentin en sus sudorosas decadencias, seguir con la mirada a Solal el magnífico, escuchar a un sofá que cuenta sus memorias, tomar parte de arquitecturas del cuerpo en el castillo de Silling, y mil otras vidas, unas veces el vicio, otras la virtud, aquí la orgía y la lujuria, allá una aventura mística y la celda de un monje: cada lectura es la oportunidad de una nueva existencia en nuevos lugares.
  Con un libro en la mano, pienso en su perfume parecido al de una mujer o una selva, en la suavidad de su papel semejante al de una piel aterciopelada, en el rumor de sus páginas comparable al ruido de los cuerpos que se remueven entre sábanas nuevas, con las promesas de felicidad que se deducen cuando se echa una mirada al espesor del volumen. Con distintos tipos de papel, adhesivos de olores fuertes, diferentes tipografías, sabios pliegues que confiaban al lector la tarea de merecer la lectura, los libros antiguos, de páginas mal cortadas, entregaban sus secretos con mayor reticencia que en la actualidad.
  Desde siempre, el estado del libro informa sobre el lector y su lectura: empezado, terminado, en curso, abandonado. Las huellas de los dedos en el canto, grisáceo o ennegrecido, según el grado de familiaridad y de compañía, los lomos más flexibles por abrirlos reiteradamente, las puntas dobladas y los signos cabalísticos diseminados en los márgenes, las marcas de lápiz y su espesor proporcional al entusiasmo suscitado, todo libro le habla de su lector a quien sepa descifrar los indicios.
  Porque es un cuerpo con sus cicatrices y sus estrías, sus fatigas y sus memorias, su piel curtida y su carne consistente. Por otra parte, la lectura es al volumen lo que la entropía a la vida cotidiana: una prueba. De esta surgirán para siempre los puntos de vista originados por las emociones, las pasiones y las sensaciones. Entonces, un libro se convertirá en el compañero para la isla desierta, o sufrirá los horrores del abandono en encuadernaciones miserables, a la espera de más felices destinos.
  Junto a la cama, tras haber sido abandonado en la mitad de la noche, en el bolsillo de un largo abrigo que nos protege del invierno, dentro del equipaje que nos acompaña hasta el fin del mundo, en el estante de una biblioteca donde colocamos nuestras obras elegidas, apilados sobre el escritorio donde le escribimos una carta a un amigo, el libro es siempre un alter ego, un doble que se encarga de hacernos la vida menos dura. Leído para el otro bajo las cobijas, o para uno mismo junto a un río, en el bullicio de un café o en la soledad de un cuarto de hotel, en una librería o en la mesa matinal del desayuno, el libro siempre cumple sus promesas. Y estoy seguro de que estaban equivocados en mi pueblo natal al tomar como bruja a quien, buenamente, le ofreció a su esposo en tránsito hacia la nada algo para aligerar el dolor que se atribuye a los muertos.

Texto publicado en:
Onfray, Michel, El deseo de ser un volcán. Diario hedonista, trad. Silvia Kot, Perfil libros, Buenos Aires, 394 p., 1999.
Enviado por: Pablo Arcila

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