viernes, 16 de octubre de 2009

Textos recordados. "Diatriba humanista" por Margarita Valencia

Incisivo y entrañable texto de Margarita Valencia en donde rememora una Bogotá y una época que aunque ya no vuelvan, no acaban de partir de la memoria de muchos de nosotros:  su clima intelectual, las librerías, sus lecturas, sus gentes ... La nostalgia ya no es lo que era...  decía, con mucho humor también, un graffiti de mayo del 68.

DIATRIBA HUMANISTA
en memoria de Hernando Valencia y de Hans Ungar

And when some lines of yours have set another’s mouth to moving, making that sense with those sounds: is that not better than a kiss?
“The Habitations of The Word”, William H. Gass (1)

Me duele aun el muñón cada vez que paso frente a lo que fue la Librería Aldina, en la 70 con 7, o por la Jiménez con octava (Buchholz), o por el parque Santander (donde quedaba la enormísima y maravillosa Central, que también tenía discos, como Buchholz). Ha desaparecido también la Casa del Libro, donde el antipatiquísimo Rajul le quitaba a uno hasta la plata de los cigarrillos a cambio de unos abominables tomos de Porrúa (no quiero sonar desagradecida, pero ay) y muchos de Gredos que aun cuento entre mis tesoros (no los azules de tapa dura que ahora se consiguen en Lerner sino los de cartulinas marfileñas con tipografía roja que soportaban mal el abuso de los estudiantes); han desaparecido también la librería Mundial y la Tercer Mundo, en la 16, a uno y otro lado de la séptima, y la Librería del Seminario, a espaldas de la Catedral, donde se conseguían los libros de la BAC (y cómo suena de inútil ese dato hoy, cuando es tarea de titanes conseguir un ejemplar de la Biblia en la traducción de Reina-Valera); eso sin mencionar librerías no por espurias menos amadas, como La Gaviota, donde Gustavo Londoño —que me enseñó a amar La Celestina— se empeñaba en vender solo poesía, con la misma obcecación con la que se empeñó en poner a Shakespeare en escena y otras quijotadas por el estilo, o la librería de la Galería Marta Traba, un local grande y bien iluminado en la caracas con 63 donde en mi infancia leí sin interrupciones Tarzán y las aventuras de Kasperle y El libro de la selva; o las más modestas librerías de barrio, como El Lago, o La Oveja Negra de Los Andes (donde Ricardo Arango nos vendía fiados a Horkheimer y a Cortázar), o la Contemporánea, un local chiquitico donde cabía una cantidad increíble de libros bajo la protección de la gentil Alicia, o las librerías de viejo que había en Santa Bárbara y que yo no conocí pero que Umaña llora (2). Hubo una época en la que intelectuales de ingresos muchísimo más modestos que los de Nicolás Gómez Dávila pudieron hacerse a una biblioteca importante con libros en inglés, o en alemán, o en francés, tarea imposible e impensable en la Bogotá de hoy.
En su deliciosa autobiografía, Hobsbawm asegura que la mayoría de los latinoamericanos de hoy—incluso los más pobres—pensaría que su vida es mejor que la de sus abuelos. Dudo mucho que piensen que su vida es mejor que la de sus padres: la evidencia es demasiado contundente. En el número 60 de la revista ECO, Hernando Valencia escribió lo siguiente...
Ir  texto íntegro vía Las palabras desencadenadas
Enviado por: Pablo Arcila


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