sábado, 31 de octubre de 2009

A propósito de la literatura infantil y juvenil. "Si tuviese una escalera" por Margarita Valencia

SI TUVIESE UNA ESCALERA

Asociamos la literatura infantil y juvenil con el gozo antiguo de oír historias y de contarlas, pero en realidad lo que llamamos hoy literatura infantil y juvenil es un invento reciente, que debemos más a los intereses comerciales de los editores que a las necesidades formales de los narradores. Su apogeo se explica por las campañas de alfabetización que nacieron de la mano de la expansión de la educación primaria en Europa durante el siglo 19, y a las cuales se sobrepuso, como  era natural, el tema del fomento a la lectura, más con el propósito de educar a los jóvenes —o de adoctrinarlos, si hemos de atenernos a los consejos de san Agustín— que de conmoverlos y deleitarlos. Había que aprovechar el recién ganado acceso de los niños a los textos para defender los fortines morales de la época, y en ello se empeñaron los editores, conscientes de que este nuevo filón seguiría produciendo mientras los padres y los maestros no se sintieran amenazados.
Dentro de los límites impuestos por este triángulo inexpugnable surgió gran parte de la literatura infantil del siglo 20, y la colombiana no es la excepción. El desacostumbrado crecimiento que el muy modesto corpus de la literatura infantil colombiana —tímidamente encabezado hasta entonces por Rafael Pombo y por Víctor Eduardo Caro— experimentó durante las últimas tres décadas del siglo pasado no hubiera alcanzado las magnitudes que alcanzó (aun modestas, no obstante) de no ser por el impulso que recibió en el aula (con lo cual no quiero demeritar la tarea de los apóstoles de la lectura en el país), en donde a la enseñanza de un código moral se añadió la necesidad de apuntalar los valores propios del nacionalismo: al amor familiar, la solidaridad, la justicia, se sumaron las recién descubiertas tradiciones populares —muy adecentadas y dulcificadas—, la fauna local, la geografía nacional, todo sazonado con un poco de magia, un poco de fantasía y un final feliz y moralizante : creo que el salpicón define mal que bien la gran mayoría de libros infantiles y juveniles publicados en las últimas décadas...

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Las palabras desencadenadas
Enviado por: Pablo Arcila


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